El Canto a la Naturaleza cubana en la era ecologista
Por Virgilio López Lemus
El más antiguo tema de la tradición poética cubana es el canto a la naturaleza, fecundado desde el recio antecedente del Espejo de paciencia (1608), del canario Silvestre de Balboa. Pasó al inicio mismo de la tradición lírica continuada en la segunda mitad del siglo xviii, acompañando a las temáticas del amor y, a veces, como motivo de expresión literaria. La etapa de la poesía neoclásica, que quizás pueda signarse entre 1760 y 1820, trajo consigo un caudal, incluso identitario, de cantos a la naturaleza insular.
Todo el romanticismo en el siglo xix y el modernismo, loaron al medio ambiente y a las bellezas agrestes. En la mitad de ese siglo, el criollismo y el siboneyismo, primeras “escuelas” o corrientes poéticas propiamente cubanas, hicieron del canto al campo de Cuba centro irradiante de sus temas, motivo inspirador y quilate de identidad. Es el caso de José Fornaris y de Juan Cristóbal Nápoles y Fajardo. No hay poeta de esa secularidad que no haya cantado a la tierra, al mar que rodea la isla y al carácter insular de la patria.
La tradición tuvo en el siglo xx altos y bajos. Los altos estuvieron en manos de Agustín Acosta en La zafra (1927), en el Eugenio Florit de Trópico (1930), y llegó a su esplendor en la poética (método y sistema de escritura) de Samuel Feijóo, quien en Beth-el (1948) y en Faz (1955) alcanzó los instantes más espléndidos y rotundos de la poesía de temas cubanos relativos a la naturaleza, porque Feijóo le ofreció definitiva universalidad.
En honor a él, la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP) creó, ya en el siglo xxi, el Premio Samuel Feijóo de Poesía sobre Medio Ambiente, para exaltar a aquellos creadores cubanos que no han cesado de escribir sobre nuestrosescenarios campesinos y citadinos, mostrando el paisaje del hábitat humano, diverso como la vida misma.
Los Premios Samuel Feijóo de Poesía sobre Medio Ambiente han sido los siguientes: 2008: Roberto Manzano, 2009: Dulcila Cañizares, 2010: Alex Pausides, 2011: No se otorgó, 2012: Jesús David Curberlo, 2013: Alpidio Alonso Grau, 2014: Waldo Leyva Portal, 2015: Ricardo Riverón Rojas, 2016: Renael González, 2017: Rolando López del Amo. Estos nueve poetas han sido fieles cultores a lo largo de sus obras de cantos decisivos al paisaje insular, a los campos, poblados y ciudades de Cuba, con fuerza y calidad creativas. Todos son personalidades prestigiosas de las letras insulares.
Los poetas son los artistas de las palabras, descubren la poesía del mundo y la transforman en signos, en significados, en verbos divinos que muelen en el molino del sueño la belleza y las tristezas del medio ambiente. Lector amigo, ha quedado demostrado varias veces que sin azúcar sí hay país, pero sin poesía, no.
Roberto Manzano (Ciego de Ávila, 1949) abre el conjunto por derecho propio: es el poeta cubano que mejor ha cantado a la natal sabana camagüeyano-avileña, y esa obra ha devenido un canto nacional a la flora y la fauna y a la vida agreste del pueblo cubano. Ha publicado muchos libros de poemas, entre los que sobresalen Canto a la sabana (1996) y Synergos (2005), en los que manifiesta su cuidadoso sentido métrico, su calidad de uso del verso tradicional hispánico, ofreciéndole nuevos bríos expresivos. Cuando se expresa mediante el verso libre, Manzano es musical y deja que el verso corra con naturalidad. Escojo el fragmento “14” de Canto a la sabana:
Sabana vieja,
largo memorial de la patria.
Siempre allí por el trance más difícil,
cumbre invisible del héroe,
muralla pausada de la sangre.
Vigilante y descuartizada
en tus canarreos de fiebre
la patria bajó a levantar su sueño.
Por la bruma de tu lomo
tiñeron el espartillo con avispas rojas
el jinete de su cabalgadura.
Naciendo,
apenas en la sombra de la caída,
hábiles para los altos vuelos.
Los héroes esgrimiendo sus claros anhelos,
la tierra más transida.
La contienda en poza de bravura,
espumeante el toro de coraje.
Lontananza. Clarines.
La carga última.
Sabana,
sabana vieja,
la historia naciendo junto a la yerba,
destripando los terrones más simples.
Dulcila Cañizares (La Habana, 1936) posee una cimentada obra de temas de amor y naturaleza, su libro De mi tierra (1979) es un hito en estos avatares líricos. Autora de una decena de títulos, ha logrado como pocos poetas cubanos hacer una conjunción entre el mundo vegetal y el amor, de ello es magnífica muestra del libro Amoramor (1992) su poema de igual título:
Ay, este amor de pitahaya y capulí
que someto a deleites y tormentos…
Amoramor de encantamiento y mieles,
de rosales y acíbares y llanto,
cuánto placer me entrega,
qué delicia de pimienta y canela.
Busco el orégano para sus manos,
el toronjil y el dátil para su boca,
el jengibre picante para su aliento,
el vetiver y el pino para aromarle el sueño.
Un delirio de tréboles
me espera entre sus brazos,
mientras muerdo su boca
que es fruto dulce de jambolán.
Vuélveme clavellina con un beso,
conviérteme en bauhinia, en coralillo,
en pequeña semilla de perejil.
Amoramor,
regrésame al mañana,
llévame hacia el ayer,
amortaja mi cuerpo
con flores de piscuala
y prodigiosa
y entiérrame bien hondo
en la umbría amorosa de tu pecho.
Alex Pausides (Pilón de Manzanillo, 1950) muestra un canto diferente, por medio de un versolibrismo muy sugerente en más de una decena de poemarios ya editados. En su libro Malo de magia (1990) aparece su singular poema “Aquí campeo a lo idílico”, del que tomo la parte «II», muy significativa por sus encabalgamientos a veces vallejianos:
Aquí campeo a lo idílico
Jolongo para espolvorear leyendas
Gran calibre el del festín
Remiendos míos jinetean surrupias que erizan
Chirimoyas. Pero qué campiñas. Palmas reales
Retoñan. Los guijarros
Trotecillos turgentes de la savia
Lechuzas. Tronidos que enrojecen
Chorros de oriones lanzados hacia el alba
Liebres a las que en la fuga se les rompen los corojos
Ahí yacen. Noviembre embravece con mis fiebres
Ponen pie en polvorosa las tristudes
Amor. Qué cabalgatas te colman las anchuras
Qué secretos me dices inflamado mástil. Qué
Enjambres. Trillitos de solivios en el aire
Qué alegres peñascones jaca mía
De corazón. Entra tiempo feliz
Encendiendo pencos que cocean y canten
Jesús David Curbelo (Camagüey, 1965) reunió buena parte de su obra lírica en Las quebradas oscuras (2008), en donde se muestra su diversidad formal, pero sobre todo la maestría que él ha logrado con los sonetos y las décimas. Curbelo es un amante fiel de la poesía, que transita sin mucho afán de centrarse en un estilo, en una dirección lírica, en un solo tema, si bien brilla en los eróticos. En el conjunto de Éxodos (1999-2001) aparece una suite llamada «Parques», de donde tomo como bella muestra su “Prólogo”:
Parque, jardín, vergel, sinónimos dudosos
del agónico Edén que el hombre poseyera
antes de la soberbia y el duro simulacro
de buscar en palabras, en árboles, en flores
la perdida armonía de un oasis fundado para sumir el caos del universo.
Dios habitó los parques desde el origen mismo de la inmutable eternidad delo ser.
Lo diverso es el yo que lo persigue con la inocencia de las mutaciones:
sombra, ceniza, fuego, abismo, cumbre, aire, agua, tierra, carne, sangre, luz.
Ya la lección del cuerpo y del espíritu debió indicarme que, para ese viaje,
donde aspiro a limpiarme de todas las miserias cotidianas,
sólo tengo el recurso de transitar las sendas del amor
y pagar el peaje de admitirme en mi fugaz papel de visitante.
Palpar el Paraíso pudiera ser un sueño de torpe metafísica
si no tocara a diario esa porción de gracia que me asalta
desde la paz de parques donde el hombre es poseído por Dios, y no lo entiende,
porque no son los parques recreaciones del Paraíso mítico,
y sí ásperos fragmentos de su esencia que Dios desgaja entre las multitudes
para realzar la cópula, el contacto, la multiplicación con que nos salva.
Alpidio Alonso Grau (Dalia, Venegas, Sancti Spíritus, 1968), en Tardo soles que miro (2007), ofrece su excelencia como poeta, cuya caracterización, similar a otros autores premiados con el Samuel Feijóo de Poesía sobre Medio Ambiente, consiste en el uso de las formas clásicas, sobre todo los privilegiados sonetos y décimas, pero con un uso versolibrista de eficacia comunicativa. Tomo del poema “Leyendo El pan del bobo”, más que sutil homenaje al admirado Feijóo:
I
Para Yamil
Pintos plátanos que Feijóo ponía
en la baranda triste a donde vienen
a comer estos pájaros.
Con aquel simple don de su ternura
nos estaba salvando,
cuando en aquellas nupcias de sus manos
con su ser fiel hasta tocar lo humilde,
con su ser fiel hasta que un raro bicho,
con su ser fiel hasta nombrar de un gesto
el pan sencillo de los mutilados,
encontraba la dicha y, sin saberlo,
era ya toda la piedad por nosotros.
II
Para Noel, Silvia y Aramís
Leo
El pan del bobo,
y me da por la louz,
salir a la hierba,
conversar
con los pájaros,
quedarme mucho
(apretada la cara)
contra la cabecita tierna
de mi hijo,
hablar en susurro,
escribir
poemas
pequeñitos.
Waldo Leyva (Remates de Ariosa, Villa Clara, 1943) es un poeta que ha asentado en su poesía el ritmo del campo cubano y de las ciudades insulares, con más de una docena de poemarios publicados.En La distancia y el tiempo (2002) realiza una antología personal, allí encontramos su soneto “Grano de Oro, viejo buey de la infancia”, procedente de Con mucha piel de gente (1983), que trae alguna reminiscencia de un famoso texto de Rubén Darío, pero a la manera muy cubana:
Ricardo Riverón Rojas (Zulueta, Villa Clara, 1949), diestro en la décima criolla, posee, entre varios otros libros, uno singular llamado Y dulce era la luz como un venado (1989), donde aparece este bello texto que glosa un verso de José Martí:
Cultivo una rosa blanca,
un árbol, lo que se meza
con el viento y la tristeza
del jardinero que arranca
sus flores, y a la barranca
de un arroyo se encamina,
atraviesa la colina,
pregunta al tiempo y descubre
cómo llora el mes de octubre
su veintiocho de espuma.
El poeta Renael González (Holguín, 1944) ha vivido casi toda su vida en Puerto Padre, desde donde se convirtió en una avanzado de la recuperación de la décima en la poesía édita en la década de 1970. Con una decena de libros publicados, Guitarra gris con arcoíris (2006) trae a la memoria el libro más célebre suyo: Sobre la tela del viento (1974). En ambos, la exaltación del paisaje cubano ofrece gala a veces a través del amor, como en “Regreso”:
Pasábamos largas horas
hablando de poesía
mientras la noche encendía
estrellas conversadoras.
Ah, palabras seductoras
llenas de luz y de flor
bajo efecto del sabor
a vino, de nuestros sueños
que bebíamos, ya dueños
—efímeros— del amor.
II
Hoy vuelves por donde cubre
Al silencio la neblina.
Llegas húmeda en la fina
primera lluvia de octubre,
pero el tiempo –rueda, noria—
gira y devuelve la historia
que el agua desempolvó
y, pájaro-luz, voló
al aire de la memoria.
Rolando López del Amo (La Habana, 1937) es un diplomático de larguísima labor, pero la esencia suya es la poesía. Sus numerosos libros de poemas hallan buen resumen en De silencios y lunas (2005), donde el breve poema “La noche del jardín” ofrece una mirada cardinal y finísima a la naturaleza:
La noche del jardín tiene un perfume
con que soñar el sueño deseado.
Se puede andar el universo entero,
del secreto en misterio y en sorpresa.
Alguien dice que Dios, otro que Nada,
y mientras unos callan y otros dicen,
yo puedo andar la noche y sus caminos,
descubrir sombras nuevas, ruidos breves,
silencios no escuchados, viejos soles.
Una cigarra suena infatigable.
Un gato negro junto a mí vigila.




